Libros Clásicos de la Doctrina Espirita

domingo, 5 de diciembre de 2010

LA MISIÓN DEL ESPIRITISMO. Amalia Domingo Soler

La Luz del Espíritu

CAPÍTULO XXIX

LA MISIÓN DEL ESPIRITISMO

Nuestra época, positivista por excelencia, es más idealista y el hombre
que concibe la idea de reconocer un Dios, no lo personaliza, no le da nuestras
míseras pasiones, no le concede nuestros goces egoístas, no lo asemeja a la
especie humana. El Dios de los libre-pensadores es más grande, más sublime,
más inmaterial, no está al alcance de nuestro entendimiento, le presentimos, le
adivinamos y le vemos en sus obras.
La misión del Espiritismo no es destruir, no es derribar nada de lo
existente, no viene a seguir las sangrientas huellas de las demás religiones, que
todas, absolutamente todas, han derramado en la Tierra torrentes de sangre
que se han convertido más tarde en ríos de lágrimas.
El Espiritismo viene ha decir que Dios es Dios, y el Progreso es su
profeta. Ni destruye los templos, ni viene a levantar nuevos altares. Jesús luchó
entre la lógica y el sofisma de su tiempo, esa lucha aún sigue empeñada; y el
Espiritismo toma parte en ella como la toman las demás filosofías, pero no se
empeña en derribar ni ésta, ni aquella institución.
Jesús fue la encarnación del amor y del progreso, y está por encima de
todas las teogonías y de todas las filosofías de la Tierra; y el Espiritismo enseña
la ley que Él promulgó en el Monte de las Calaveras.
 
Nuestra moral es la de Jesús, y si todos los hombres de este planeta
hubieran comprendido las enseñanzas del divino maestro, como tratan de
comprenderlas los verdaderos espiritistas, no se hubiera derramado tanta
sangre inocente, no se hubiese atormentado a millones y millones de hombres,
ni habrían profanado la memoria del que murió, perdonando a sus verdugos.
Si algo queda de aquella moral sublime, que era el patrimonio divino de
aquel que sanaba a los enfermos, si algo se recuerda aún de su doctrina
evangélica, sus comentarios se encuentran en las obras espiritistas.
Los espiritistas aman a Jesús, porque ven en Él la reencarnación de un
Espíritu elevadísimo, luz de la verdadera religión, luz que iluminó a la India,
luz que más tarde irradió en Judea, luz que brillará sobre este planeta mientras
la Tierra tenga condiciones de habitabilidad para albergar a la especie humana.
Acusan al Espiritismo de que éste no respeta la personalidad de Jesús.
No es nuestro ánimo tratar ahora de esa cuestión capital, y únicamente
diremos que el Espiritismo ve en Jesús no a un redentor, sino a uno de los
muchos redentores que ha tenido la humanidad.
¿Pierde Jesús por esto el respeto, el amor, la admiración, la adoración
suprema que mereció por su sacrificio? No; ¿Ha habido algún hombre de su
época que se le asemeje? No; ¿Mas, por qué hemos de negar lo que la historia
atestigua? ¿Lo que los libros sagrados nos dicen? Si doce mil años antes de la
era cristiana establecían los brahmanes de la India el dogma de la trimurtí, o
trinidad de Dios, y uno de los redentores indios tiene una historia parecidísima
a la de Jesucristo ¿Por qué se han de desfigurar los hechos?
Porque haya existido Cristna ¿Deja de ser Jesús la personificación de la
civilización moderna? ¿La encarnación del progreso? ¿La síntesis del amor?
Mas, veamos lo que sobre Cristna dice el vizconde de Torres Solanot en su obra
“El Catolicismo antes del Cristo” página 73:
“La leyenda del Génesis indio dice que Brahma había anunciado a Heva
la venida de un salvador, que nacería en la pequeña ciudad de Madura, y
recibiría el nombre de Cristna (en sanscrito, sagrado). Su nacimiento tuvo lugar
unos cuatro mil ochocientos años antes de nuestra era”.
“Ese niño, Vischnú, la segunda persona de la Trinidad india, el hijo de
Dios encarnado en el seno de la virgen Devanaguy (en sanscrito, formado por
Dios), para borrar la falta original y llevar a la humanidad al camino del bien”.
“Devanaguy permanece virgen aunque madre, porque había concebido
sin conocer hombre, envuelta por los rayos de Vischnú, y da a luz un niño
divino en una torre, donde la había hecho encerrar su tío Rausa, tirano de
Madura, quien había visto en sueños que el niño que naciera de aquélla debía
destronarle”.
“La noche del parto, al primer gemido de Cristna, un fuerte viento
derribó las puertas de la prisión, mató a los centinelas, y Davanaguy fue
conducida con su hijo recién nacido a la casa del pastor Nauda, donde le
festejaron los pastores de la comarca, por un enviado de Vischnú”.
“Al saber la libertad de Davanaguy y su huída maravillosa, el tirano
Rausa, ciego de furor, y para que no se le escapase Cristna, ordenó la
degollación, en todos los estados, de los niños de sexo masculino, nacidos en la
misma noche de aquel que quería matar”.
“Cristna escapó por milagro, pasando su infancia en medio de los
peligros suscitados por los que tenían interés en su muerte; pero salió victorioso
de todas las asechanzas, de todos los lazos que se le tendieron”.
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“Llegado a la edad de hombre, se rodeó de algunos fervientes discípulos,
y comenzó a predicar una moral que la India no conocía ya desde la dominación
brahmánica; atacando valerosamente las castas, enseñó la igualdad de todos los
hombres ante Dios, y puso de manifiesto la hipocresía y el charlatanismo de los
sacerdotes. Recorrió la India entera, perseguido por los brahmanes y los reyes,
atrayéndose a los pueblos por su singular belleza, su elocuencia dulce y
persuasiva, llena de imágenes y por la sublimidad de su doctrina: ayudarse los
unos a los otros, proteger, sobre todo, a la debilidad; amar a su semejante como
a sí mismo; devolver bien por mal; practicar la caridad y todas las virtudes”.
“Un día que Cristna oraba recostado contra un árbol, una tropa de
esbirros enviados por los sacerdotes, cuyos vicios habían descubierto, le asaeteó
y colgó su cuerpo en las ramas para que fuese presa de las aves inmundas”.
“La noticia de esta muerte llegó a los oídos de Ardjima, el más querido de
los discípulos de Cristna, y corrió aquél, acompañado de una gran
muchedumbre del pueblo, para recoger los restos sagrados. Pero el cuerpo del
hombre Dios había desaparecido; sin duda había vuelto a las celestes moradas,
y el árbol en cuyas ramas fue colgado, apareció repentinamente cubierto de
grandes flores rojas, esparciendo a distancia el más suave de los perfumes”.
“Los sacerdotes, que habían mandado asesinar a Cristna, fueron los
primeros en sentir su influencia; pero sea por habilidad, sea por convicción, la
aceptaron como la grande encarnación de Vischnú, prometida por Brahma al
primer hombre, y colocaron su estatua en todos los templos”.
Ahora bien: ¿No se asemeja esta historia a la historia de Jesús? ¿No hay
grandes puntos de contacto en su nacimiento, en su vida, en su muerte y en su
resurrección? ¿Por qué ese empeño total en no querer conceder a la Tierra más
que un redentor? Cuando la humanidad terrena formada de “espíritus en
turbación”, como dice un joven pensador, olvidadiza por costumbre, ingrata
por hábito, rebelde por condición, ignorante por pereza, necesita si fuera
posible, un redentor por cada siglo.
Tres mil años antes de la era cristiana, estaban codificadas las leyes
indias, y Cristna dijo en aquellas remotas edades lo que más tarde repitió Jesús,
y sabe Dios, si Cristna de qué otro Redentor lo repetiría. No es de hoy la moral
de J esús, no; escuchemos algunos versículos del Evangelio indio, que sus
máximas sublimes alientan y fortifican, y hace más de cinco mil años que las
almas enfermas beben el agua fuera de los textos védicos. Leamos:
“Los hombres que no tienen el dominio de sus sentidos, no son capaces
de cumplir con sus deberes”.
“Es preciso renunciar a la riqueza y a los placeres, cuando éstos no son
aprobados por la conciencia”.
“Los males que causamos a nuestro prójimo nos persiguen como nuestra
sombra a nuestro cuerpo”.
“La ciencia del hombre no es más que vanidad, todas sus buenas
acciones son ilusorias cuando no sabe referirlas a Dios”.
“Las obras que tienen por principio el amor de su semejante, deben ser
ambicionadas por el justo, porque serán las que pesen más en la balanza
celeste”.
“Por las buenas acciones en sí mismas, y no por la cantidad, es por lo
que seréis juzgados”.
“A cada uno según sus fuerzas y sus obras”.
“No se puede pedir a la hormiga el mismo trabajo que al elefante”.
“A la tortuga, la misma agilidad que a la cierva”.
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“Al pájaro que nade, al pez que se eleve en los aires”.
“No se puede exigir al niño la prudencia del padre”.
“Pero todas esas criaturas viven para un fin, y aquellas que cumplen en
su esfera lo que ha sido prescrito, se transforman y se elevan según todas las
series de emigración de los seres. La gota de agua, que encierra un principio de
vida que el calor fecunda, puede llegar a ser un dios”.
“Pero sabedlo todos; ninguno de vosotros llegará a absorberse en el seno
de Brahma por la oración solemne, y el misterio monosílabo no borrará
vuestras últimas manchas, sino cuando lleguéis al umbral de la vida futura,
cargados de buenas obras, y las más meritorias entre esas obras serán aquellas
que tengan por móvil el amor al prójimo y la caridad”.
“El que es humilde de corazón y de espíritu, es amado por Dios; no tiene
necesidad de otra cosa”.
“Lo mismo que el cuerpo es fortificado por los músculos, el alma es
fortificada por la virtud”.
“Así como la tierra sostiene a los que la pisan con los pies, y le desgarran
su seno trabajándola, así debemos volver el bien por el mal”.
“Los servicios que se prestan a los espíritus perversos, el bien que se les
hace, parecen caracteres escritos sobre el agua, que se borran a medida que se
les traza. Pero el bien debe cumplirse por el bien, porque no es sobre la Tierra
donde hay que esperar recompensa”.
“Cuando morimos, nuestras riquezas quedan en la casa; nuestros
parientes, nuestros amigos no nos acompañan más que hasta la tumba; pero
nuestras virtudes y nuestros vicios, nuestras buenas obras y nuestras faltas, nos
siguen en la otra vida”.
“El infinito y el espacio, pueden solos comprender al espacio y al infinito.
Dios sólo puede comprender a Dios”.
“El hombre honrado, debe caer bajo los golpes de los malos, como el
árbol sándalo, que cuando se le derriba, perfuma el hacha que le ha herido”.
“El justo que no se haga jamás culpable de maledicencia, de imposturas y
de calumnias; que no busque querellas; que tenga constantemente la mano
derecha abierta para los desgraciados, que no se vanaglorie jamás de los
beneficios que haga”.
“Cuando un pobre venga a llamar a su puerta, que lo reciba, le lave los
pies, le sirva él mismo y coma de sus restos, porque los pobres son los elegidos
del Señor. Pero, sobre todo, que evite, durante el curso de su vida, dañar en lo
más mínimo a otro: amar a su semejante, protegerle y asistirle, de ahí derivan
las virtudes más agradables a Dios”.
Sobre esta moral sublime está calcado el Evangelio de Jesús, su historia,
con pequeñas variantes, es la misma de Cristna; así es que la regeneración
social que realizó Jesús no es debida a un episodio de su historia; que si bien
pudo servir de base para un gran misterio religioso, no es debido a la creación
de ese misterio el desenvolvimiento progresivo de la humanidad. Este
movimiento ascendente obedece al exacto cumplimiento de las leyes
universales que rigen en la creación.
Justo es que digamos que los espiritistas ni hacen descender al hombre a
la triste condición del bruto, ni son tan osados y tan ilógicos que lo elevan a la
suprema categoría de un Dios.
Para nosotros no hay más que un Dios, ¡Ese Dios que se siente y no se
define!
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¡Esa inteligencia suprema! ¡Ese algo misterioso que constituye un todo
incomprensible, universal y eterno!...
¡Ese aliento divino!...
¡Esta savia generosa que alimenta a los lirios y a las cordilleras de los
Andes! ¡A los infusorios de la Tierra, y a los mundos que en vertiginosa carrera
se precipitan afanosos para sorprender los secretos de la eternidad!
Somos deístas racionalistas, y no le concedemos al hombre más que el
fruto de su trabajo; por esta razón no podemos mirar en él, ni al bruto, ni a un
Dios. Bruto no puede ser porque en su frente irradia un destello de la
inteligencia divina; y a ser Dios no puede llegar, porque en el Universo no hay
más que un Dios. ¡Luz más luz, produce sombra! Esto dijo un sabio y es la
verdad.
Creemos, sí, que los hombres pueden llegar a ser grandes y buenos si
quieren utilizar su inteligencia y su sentimiento, trabajando asiduamente en su
mejoramiento moral e intelectual.
¡Pueden llegar a ser enviados providenciales!
Creemos que la moral de Jesús, es la moral de Dios; es la ley eterna
promulgada desde los primeros tiempos por legisladores divinos, que le han
hablado a las humanidades en un lenguaje apropiado a su respectivo adelanto.
Las humanidades no han sido creadas para odiarse, no. Los hombres no
han nacido para destruirse unos a otros como fieras sanguinarias. Su destino es
más humanitario, su misión es más grande, su tendencia más armónica, por
esto de vez en cuando, cuando la fiebre enloquece a los hombres, cuando las
instituciones de este mundo flaquean, vienen enviados providenciales,
preceptores divinos que sirven de catedráticos a las multitudes, y les enseña la
moral de todos los siglos, les leen el Código de todos los tiempos, les hablan de
ese Dios desconocido que está en la mente de todos los hombres. Jesús fue uno
de esos profetas del Espiritualismo, y como su gran misión es regenerar a los
pueblos, como había sonado la hora en el reloj eterno, para que comenzara a
espiritualizarse el sentimiento de la humanidad terrestre; por esto su voz
generosa resonó en la Tierra, resuena todavía y resonará eternamente, y esto
aconteció, acontece y acontecerá: no porque el cuerpo de Jesús resucitase, o
fuese fluídico, sino porque Jesús resucitó al cuerpo social; y le dijo al viejo
mundo (inmenso cadáver encerrado en la sepultura del más grosero
materialismo), ¡Levántate y anda, humanidad hipócrita y descreída, y busca a
Dios por medio de las buenas obras, que harto tiempo has estado aletargada
con el opio fatal de tus pasiones!
El mayor de los milagros que J esús ha hecho y que acredita
verdaderamente su superioridad, es la revolución que sus enseñanzas han
hecho en el mundo a pesar de la exigüidad de sus medios de acción.
En efecto, J esús, pobre, nacido en la más humilde condición, en un
pueblo casi ignorado y sin preponderancia política, artística, ni literaria, sólo
predica durante tres años. En este corto periodo de tiempo es conocido y
perseguido por sus conciudadanos, calumniado y tratado de impostor: se ve
obligado a huir para no ser apedreado; es vendido por uno de sus apóstoles,
negado por otro y abandonado por todos en el momento que cae en manos de
sus enemigos.
¿Hay mayor injusticia que la que los hombres le han hecho a Jesús y a su
sagrada religión?...
¡Pobres seres los que envueltos en la luz del presente, cierran los ojos
ofuscados por la claridad, y suspiran recordando las sombras del pasado; no
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queriendo comprender que los dogmas de la fe ciega han desaparecido ante la
ciencia, como la niebla desaparece ante los rayos del Sol!.
No tenemos la arrogancia estúpida de creer que la escuela filosófica
espiritista ha pronunciado su última palabra, y que tras de esta creencia no
haya más problemas que descifrar. No lo creemos nosotros así, no; vemos en el
Espiritismo un gran adelanto; porque su desenvolvimiento hoy se adapta al
gusto dominante de nuestra época, que es la investigación y el análisis: por esto
la doctrina espírita nos encamina por la senda del progreso, sin que por esto
creamos que poseemos la perfección absoluta, porque esa sólo la posee Dios.
Nosotros creíamos ayer, y creemos hoy: en un solo Dios, inteligencia
suprema causa primera de todas las cosas, infinita, incomprensible en su
esencia, inmutable, inmaterial, omnipotente, soberanamente justo, bueno y
misericordioso.
Creemos que el hombre, una de sus criaturas, debe a Dios una adoración
infinita.
¡Las hermosas palabras del evangelio han resonado siempre en el
mundo! ¡El eco ha repetido en todos los tiempos la voz de Dios! Mas, ¿De qué
sirvió la predicación de Cristna? Se obtuvo el mismo resultado que con la de
Jesús; los sacerdotes crearon las castas, los privilegios, y en nombre de éste o de
aquel Redentor, la humanidad antropófaga por instinto ha devorado en el voraz
apetito de su soberbia, cuando ha tenido la debilidad de dejarse destruir.
La historia del progreso es tan antigua como el mundo. El Espíritu de
Dios ha flotado sobre todas las humanidades, y ha irradiado en todas las
épocas. El cristianismo no es de hoy, es de ayer, es de siempre, y será de toda
eternidad, porque su moral sublime es el compendido de todas las virtudes.
Jesús vino a la Tierra llamando la atención del pasado, del presente y del
porvenir, planteó en su aparición un problema científico, la teología se apoderó
de este problema y le cubrió con un velo misterioso; pero mientras el misterio
exista la luz no puede alumbrar a la humanidad.
Jesús vino a la Tierra para dar una lección a los tiempos de los tiempos.
¡Pobres teólogos de todas las edades! ¡Cuán ignorantes habéis sido siempre!
¡Para vosotros no ha habido más que tiempo presente! ¡No habéis presentido el
pasado! ¡No habéis adivinado el mañana! ¡Toda la vida la habéis encerrado en
la gota de agua que habéis tenido delante!
¿Merecen llamarse cristianos los que miran en Jesús un enviado divino,
y tratan de imitar en lo poco que pueden, y lo que su escaso entendimiento les
permite, la humildad, la paciencia, la tolerancia, y la caridad del mártir del
Calvario?.
Los espiritistas, pueden llamarse cristianos porque reconocen en Jesús,
al primer legislador del mundo. Porque creen que la oración del Padre
Nuestro fue su código universal; porque ven en Jesús, el Sol de la Tierra, y
venerando sus divinas enseñanzas, siguen la senda que trazó su evangelio,
bendiciendo su nombre, y tratando de perdonar a sus enemigos, como Jesús
perdonó a los fariseos que le crucificaron.
Poco nos importa el nombre, lo que nosotros queremos son las buenas
obras; pero es nuestro deber dejar consignado que los espiritistas tienen
derecho a llamarse cristianos.
Si el llamarse cristianos quisiera significar que el que llevase ese nombre
era un fiel traslado de Jesús, no habría en la Tierra ningún hombre que fuera
digno de llamarse cristiano; pero siendo únicamente el nombre de su doctrina
podemos llamarnos cristianos todos aquellos que tratamos de creer en ella.
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¡J esús ha vivido siempre! Desde el momento que el hombre,
contemplando la bóveda estrellada en una noche de primavera cruzó las manos
en señal de adoración, y su alma se puso de rodillas (como dice Víctor Hugo), el
alma de Jesús murmuró en su oído: ¡Ama a Dios!
Cuando el hombre, más tarde, trató de leer en las profundidades del
cielo, el Espíritu del Jesús de todos los tiempos le dijo a su razón: ¡Busca a Dios!
¡Llámale, que Él te contestará!
Cuando los hombres como San Vicente de Paúl recogen a los niños
huérfanos, J esús les estrecha entre sus brazos y les dice: ¡Venid conmigo,
benditos de mi padre, venid para recibir la sonrisa inefable de Dios!
Si los católicos creen que Jesús vino a la Tierra hace diecinueve siglos,
los espiritistas creemos que cuantos redentores ha tenido la humanidad, todos
han sido destellos de Él, rayos de ese foco de amor que vivifica a la humanidad.
¡Oh! Sí; nosotros vemos a Jesús en la noche del tiempo lanzando una
mirada melancólica sobre la Tierra, lamentando los desaciertos de las
generaciones que vendrían a poblar este planeta, y como padre amoroso
perdonando de antemano las locuras y los extravíos de sus hijos; escribiendo
con su sangre en distintas épocas, el código de amor que había de regenerar a
las humanidades del porvenir.
¡Mientras más se contempla la gran figura de Jesús, más se aleja de
nosotros! Y su origen se pierde en el infinito del tiempo. Los espiritistas tienen
su culto, escuchemos a Torres Solanot en su libro “El Catolicismo antes del
Cristo ” página 255:
“Contra esos dos inmensos males, es preciso hacer tremolar a los cuatro
aires una sola bandera, con un solo lema: Ins trucción, Ins trucción,
Ins trucción”.
“Ésta es la Trinidad una, la trinidad que no riñe con la razón, tres
unidades que claramente son la misma unidad, la que únicamente puede
destruir las trinidades teológicas, y con ellas las religiones y el culto, la máscara
de todas las dominaciones y misterios, invención de los sacerdotes. Debemos
establecer la “adoración al Padre en Espíritu y verdad” en el templo edificado
por Dios; la Naturaleza, con el director espiritual que Él nos ha dado, la
Conciencia, con el único culto que Él nos ha prescrito; el Amor, templo,
ministro y culto que no tiene más que una consagración: las buenas obras,
mejores cuanto más trascienden a las criaturas, a los seres de todo orden que
pueblan el Universo”.
“Dentro de esas condiciones, dentro de estas leyes que se imponen al
Espíritu como las leyes físicas a la materia, llevando en sí mismas el castigo de
su transgresión, dejad a la creencia manifestarse tranquilamente, que el error
no anida más que donde se comprime la idea, la fealdad del vicio no resiste
jamás a la belleza de la virtud, la nube del mal es derribada por las corrientes
del bien, el sol de la verdad brilla al fin de todas las tormentas en el cielo
humano. Negar esto, es negar a Dios. El ateismo no es obra del Espíritu que
piensa, es la obra de las religiones que tuercen la conciencia y el pensamiento
humano. Sería desconocer la sabiduría divina, pretender que la miserable
criatura, el gusano habitante de este planeta, inferior a muchos de los mundos
que nos rodean, ha venido a corregir la obra del Creador de lo infinito, entre
cuyos pliegues el hombre realiza un destino, que es el progreso, a condición de
contribuir en su microscópico alcance a la armonía universal. Por eso cuando
nos contemplamos a nosotros mismos en la pequeñez que representamos,
volvemos a Dios el pensamiento para hallar en su grandeza un ideal de
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aspiración constante que nos llama a Él, tipo sublime de donde todo parte y a
donde todo tiende; y cuando con los ojos del alma divisamos esos horizontes
hasta el infinito dilatados, donde se presiente un progreso al fin de cada
progreso, el ánimo se esparce y cobra alientos para remontarse a aquellos
ideales de tanta realidad como la existencia que los concibe. La ciencia y el bien:
he ahí los dos caminos paralelos que es preciso recorrer en pos de aquel ideal.
La razón ilustrada con la fe en Dios, esto es, la fe racional que brota
espontáneamente en la conciencia; no hay otro guía más seguro en esta
peregrinación que llamamos vida terrena”.
Es una gran verdad; la fe sin la razón es un absurdo, la razón sin la fe una
locura, y unidos son los dos grandes principios de todas las grandes cosas.
El Espiritismo aspira a unir esas dos primeras unidades de la cantidad
universal.
¡La razón, es el yo del raciocinio! ¡La fe, es el yo del sentimiento!
Cuando la humanidad llegue a saber sentir, y a saber pensar, la armonía
universal será un hecho.
Cada hora tiene su trabajo, cada día tiene su afán, y cada época su
aspiración. El bello ideal de nuestros días es la disensión; se discute en todas
partes, y todas las escuelas se apresuran a poner de relieve las excelencias del
ideal religioso que defienden; ¿Cuál de ellas alcanzará la victoria? – Todas y
ninguna; porque en todas las creencias hay un fondo de verdad, y ninguna
posee la verdad absoluta, porque la sabiduría suprema sólo la posee Dios.
La vida de todos los hombres de la Tierra es una debilidad continuada; el
hombre condena hoy el crimen que cometió ayer. A los que mandan no les
gustan las reformas de los profetas; por esto lucharon nuestros padres,
lucharemos nosotros, y lucharán nuestros hijos por llevar adelante la reforma
universal. ¿Llegará ésta a conseguirse? Sí: se conseguirá con el transcurso de los
siglos; llegará un día que repetirán las multitudes, lo que dicen hoy algunos
grandes pensadores, “que como Dios no condena, no tiene que perdonar”. Éste
es un principio absurdo para los ignorantes; pero esencialmente lógico para
aquellos que aman a Dios sobre todas las cosas. Dios podrá compadecer a los
culpables, pero condenarlos, jamás.
¡La misión de las religiones cuán distinta debía ser! ¡Todas quieren ser
las primeras! ¡Todas quieren ser las únicas! ¡Todas quieren ser las poseedoras
de la verdad! Y el que cree tener más sabiduría, es el que está más lejos de ella.
Las religiones no son otra cosa que el credo filosófico de las civilizaciones
sucesivas que han ido engrandeciendo a la humanidad.
¡Las generaciones de ayer se alejan y se llevan consigo sus dogmas y sus
ritos; y tal vez con ellos, vayan a otros planetas más inferiores a difundir la luz!
Nosotros las saludamos al pasar, y les decimos:
¡Adiós! ¡Adiós, religiones misteriosas! ¡Con vuestros templos sombríos!
¡Con vuestros primitivos sacrificios! ¡Con vuestros profetas y grandes
sacerdotes! Habéis terminado vuestra misión en la Tierra; ¡Id en paz! La dejáis
como la debíais dejar, en un estado de fermentación. El pasado no quiere irse, el
presente titubea, y el porvenir nos dice presentándonos el telescopio y el
microscopio: ¡Avanza Humanidad! Que los planetas y los infusorios te dirán
donde está Dios.
Las muchedumbres son como las olas del mar, que murmuran siempre,
empujadas las unas por las otras; y aun cuando esa creencia haya existido, y
exista aún, tiene su razón de ser, es un torpe cálculo. Los sacerdotes para
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hacerse grandes tuvieron que imponerla, y los pueblos ignorantes lo aceptaron;
porque la ignorancia lo acepta todo.
El sacerdote se convierte en mediador entre Dios y Satanás, el pecador
descansa en el padre de almas, paga con sus preces y queda tranquilo. Esto
indudablemente es una ventaja, porque el sacerdote vive de su trabajo, y el
creyente va pagando su rescate; después, la creencia en el diablo tiene otra
utilidad. El amor propio del hombre, o mejor dicho, la conciencia, queda más
libre; pues cuando el individuo comete un desacierto, dice queriendo creer lo
que pronuncia: Caí en la tentación, seguí la inspiración de Luzbel, y es muy
cómodo poder echar las culpas a otro.
Nadie cuando comete un crimen suele decir: abusé de mi albedrío
porque quise. No; todos exclaman: fulano me aconsejó, yo por mí solo no lo
hubiera hecho. Me tentaron, me engañaron, me sedujeron, y siempre el hombre
trata de aparecer como instrumento de otra voluntad; por esto la fábula del
diablo es tan antigua como el mundo, porque es útil para las religiones, y un
editor responsable para la humanidad; que toda la iniquidad de sus obras se las
ha dado en patrimonio a un ser imaginario.
Afortunadamente ya hemos dado un gran paso; hoy se discute, mañana
no se discutirá porque no será necesario; los hombres se habrán convencido que
la religión obligatoria es un absurdo, porque no hay dos espíritus que tengan
igual adelanto, el culto religioso que engrandece a uno, estaciona al otro, y
cuando se convenzan de esta innegable verdad, cada cual será libre para adorar
a Dios a su manera; los unos en una cueva en las entrañas de la tierra, y los
otros en la cumbre de las montañas, disputando su nido a las águilas; pero
mientras no llegue ese mañana, tenemos que seguir labrando la tierra,
preparando el terreno para los colonizadores del porvenir.
El Espiritismo no viene a reformar ninguna religión, porque todos los
formalismos de las religiones nos parecen innecesarios para el porvenir.
El Espiritismo no viene a destruir los templos de hoy, ni piensa levantar
los del mañana; escuela puramente filosófica, escuela puramente científica,
escuela puramente racionalista, que sólo se ocupa por medio del estudio en
descubrir las relaciones que existen entre los que nos llamamos vivos, y los que
apellidamos muertos. Y tanto nos importa que la humanidad se refugie en las
góticas catedrales, como que se postre en las mezquitas, o se siente en las
sinagogas, nos es del todo indiferente, porque el Espiritismo nada tiene que ver
con el formalismo de ninguna religión. No es un nuevo fanatismo, no es un
nuevo misticismo, no; es únicamente uno de los muchos desenvolvimientos de
la ciencia, y de la explicación científica de muchos actos que hasta ahora han
parecido sobrenaturales, y que no son en realidad más que las evoluciones de la
vida: esto es el Espiritismo. Un estudio razonado de la continuidad de la vida;
que en este mundo, como todo, se empequeñece, y todo se amolda al pequeño
criterio del hombre, muchos llamados espíritas, le han querido dar un cierto
sabor místico al Espiritismo, y en realidad no lo necesita; porque una cosa es el
noble recogimiento del Espíritu, y la meditación natural a que debe entregarse
el alma ante lo desconocido, y otra cosa es el amaneramiento de una oración
continuada, lo que sí sigue el Espiritismo es la moral de Jesús, porque ésta la
siguen todos los hombres de bien, llámense católicos o materialistas; y el
Espiritismo como nos evidencia la eterna vida del Espíritu, y su eterna
individualidad, naturalmente, cada cual trata de mejorar sus costumbres por la
cuenta que le tiene, porque ve que de su presente depende su mañana, y por
esto se ve, que muchos espiritistas modifican su carácter y progresan lo poco
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que aquí se puede progresar, pero esto no lo hacemos para darle santidad a la
escuela y crearnos atmósfera, ni tampoco queremos derribar viejos altares para
levantarlos mañana con distinta forma, no. Las religiones no nos estorban, así
es que no tenemos que reformar ninguna; lo que nosotros deseamos, eso sí, es
la verdadera, es la completa libertad de cultos, porque ésta es la base de la
civilización, porque la conciencia humana debe ser completamente libre para
buscar a Dios en la creación, porque el hombre debe tener ¡Un infinito para
amar! ¡Un infinito para estudiar, y un infinito para creer!
Si nosotros quisiéramos reformar las religiones, seríamos una nueva
imposición, y el Espiritismo vería entonces la mota en el ojo ajeno, y no
vería la viga en el suyo.
Si nosotros hoy estamos, plenamente convencidos que ciertas religiones
vivirán el tiempo que sea necesario, y cuando llegue la hora que sus templos
pasen a ser monumentos históricos, se apagarán sus lámparas, se evaporarán
las nubes de su incienso, enmudecerán los aromas y otros perfumes le ofrecerán
los hombres a Dios; pero esta reforma la hará el tiempo, que es el gran
reformador de la humanidad; ¿Se puede concebir en el mundo un solo hombre
que no venere la memoria de Jesús, que no admire sus virtudes y no reconozca,
en Él al Redentor de las edades modernas?
¡Ah! Cuánta razón tiene Allan Kardec cuando dice que hemos perdido
muchos siglos en inútiles disensiones.
Es de notar que, durante, esta interminable polémica que ha apasionado
a los hombres por espacio de una larga serie de siglos, y aún dura, que ha
encendido las hogueras y hecho derramar torrentes de sangre, se ha disputado
sobre una abstracción; la naturaleza de Jesús, polémica que aún se discute,
aunque Él nada haya hablado de ella, y que se ha olvidado una cosa, la que Él ha
dicho ser toda la ley y los profetas, es a saber: el amor a Dios y al prójimo, y la
caridad, de la que hizo condición expresa para la salvación. Se han aferrado a la
cuestión de afinidad de Jesús con Dios, y se han tenido en completo silencio las
virtudes que recomendó y de que dio ejemplo.
Después de XIX siglos de luchas y disputas vanas, durante las cuales se
ha dado completamente de mano a la parte más esencial de la enseñanza de
J esús, la única que podía asegurar la paz de la humanidad, se siente uno
cansado de esas estériles discusiones, que sólo perturbaciones han producido,
engendrando la incredulidad, y cuyo objeto no satisface ya la razón.
Ya era hora que se comprendiera que la verdadera cuestión religiosa
estriba y depende de la moral universal; sin moralidad no hay religión.
Mucho blasonan todos los que quieren reconocer en Jesús a Dios; y si a
Jesús pudieran entristecerle los desaciertos de los hombres, ¡Cuántas horas de
angustia indescriptible habrá sufrido ante el crimen continuado de la
humanidad! Que en nombre de un Dios de amor ha quemado y destruido todo
aquello que no se sometía a sus ideas.
No es nuestro ánimo discutir sobre la divinidad de Jesús y la naturaleza
de su cuerpo; avaros del tiempo, creemos que lo aprovecharíamos mejor si
pudiéramos imitar sus virtudes. Ya se han perdido muchos siglos discutiendo
sobre ésta o aquella palabra, controversia del todo inútil, puesto que sólo se ha
conseguido que en los gloriosos tiempos del engrandecimiento de la fe católica,
las naciones se empobrecieran, la industria se paralizara, la ciencia
enmudeciera, la ignorancia dominara, como sucedió en el reinado de Carlos II
en España, que según dice Garrido en su “Restauración teocrática” Página
59:
La Luz Del Espíritu
152
En tiempo de Carlos II, propuso un hombre inteligente la construcción
de canales que unieran el Manzanares y el Tajo, y el Rey consultó el caso, no con
ingenieros, profesión desconocida en aquellos felices tiempos, sino con
teólogos, que le dieron en su informe la siguiente respuesta:
“Si Dios quisiera que estos dos ríos fuesen navegables, no sería necesario
que los hombres se tomaran el trabajo de hacerlo, porque con una sola palabra
que hubiera salido de su boca, la obra estaría hecha. Cuando Dios no lo ha
pronunciado, será porque no lo ha creído conveniente, y sería atentar contra los
designios de la Providencia querer mejorar lo que ha dejado imperfecto, por
causas que su sabiduría se reserva”.
¿Necesita esto comentarios? No; ello sólo se recomienda; como se
recomienda también la determinación que tomó Felipe II en 1558, “cuando
mandó desmontar las prensas de imprimir, excepto las que imprimían misales y
breviarios, amenazando con pena de muerte y confiscación de bienes, no sólo al
que se atreviese a imprimir otra clase de libros, sino al que osara tener
comunicación con los manuscritos”.
Estas han sido las inmensas ventajas que ha reportado a los pueblos un
feroz fanatismo, ¡La muerte del cuerpo en las hogueras, y la asfixia del alma en
el embrutecimiento!
No hay institución que no tenga sus errores, y puede llamarse doctora del
error a la que, siempre que ha podido, ha rechazado a la ciencia; en cambio el
Espiritismo racional funda en la ciencia su consoladora religión.
Los espiritistas racionalistas; los que son verdaderamente esencialistas,
no se afilian a ninguna religión que tenga en su culto formalismo alguno; pero sí
pueden llamarse cristianos, porque aceptan el cristianismo primitivo, el de los
primeros años de la Iglesia, que era la ley de amor puesta en acción, la
fraternidad en su más sublime sencillez.
Las sociedades espiritistas pueden llamarse cristianas, porque reconocen
en Jesús, el Profeta del progreso universal.
¿Quiere acaso el Espiritismo levantar una nueva iglesia?
¿Quiere arrastrar a las masas ignorantes al desconcierto de no saber
dónde postrarse para orar?
No, el Espiritismo no aspira a destruir lo existente, lo que anhela es
moralizar a la humanidad.
A los pueblos que viven estacionados no se les puede quitar sus altares,
porque no sabrían dónde guarecerse las multitudes atribuladas.
No se deben destruir las iglesias; lo que se debe hacer es levantar
escuelas y abrir grandes centros de instrucción gratuita y obligatoria.
Al hombre no se le debe obligar a que deje sus dioses; pero sí se le debe
obligar a instruirse y a moralizarse; y cuando las humanidades estén más
instruidas, y por lo tanto más adelantadas, no necesitarán entonces ir a un
paraje determinado para rezar; porque cada cual rezará fervorosamente en el
templo sagrado de su conciencia.
Los buenos espíritus ni se imponen ni coartan la voluntad de nadie; si se
impusieran, si nos dominaran, entonces sería el Espiritismo una nueva secta,
con su formalismo, una nueva imposición, tan pequeña como las demás
religiones; pero el Espiritismo es más grande, es más racional, más armónico,
él, nos dice “que fuera de la Caridad no hay salvación”; aconsejando al
hombre que estudie, que no se conforme con la muerte aparente del cuerpo;
que hay algo que vive más allá de la tumba; que el Espíritu siente, piensa y
quiere sin perder con el transcurso de los siglos su eterna individualidad.
Amalia Domingo Soler
153
Una larga experiencia nos viene demostrando que la libertad de
conciencia le cuesta a los pueblos un parto tan difícil y tan laborioso, que las
naciones sudan sangre para obtener después de mil penalidades sus legítimos
derechos.
¡Qué anomalía! El hombre tiene el infinito por patrimonio; y las
instituciones humanas le han negado hasta lo más íntimo, lo más sagrado, lo
más espiritual, lo que constituye la grandeza suprema del ser, ¡La libertad
divina de pensar! ¡El derecho de adorar a Dios en el valle o en el monte, en la
humilde ermita o en la artística y grandiosa catedral! Todo esto le ha sido
negado, y las multitudes encadenadas por el poder teocrático han sido las
siervas de la ignorancia muchos y muchos siglos.
Muchas almas inteligentes han comprendido el abuso, se han quejado en
el silencio, pero su queja ahogada por el temor no ha producido ningún buen
resultado; y leyes anormales han seguido rigiendo a la perezosa humanidad.
Decía Solón, “que la injusticia desaparecería en breve, si el que tiene
conocimiento de ella, se quejase tanto como el que la sufre”. Mas, ¡Ay! En este
oscuro planeta, los hombres ignorantes no han encontrado bastante pesada la
carga de sus cadenas; y los más entendidos que con su inteligente mirada, han
visto a las masas populares agobiadas bajo el peso de un estúpido fanatismo,
han dejado correr el tiempo esperando que la casualidad los aligere de su carga;
y por la pasiva obediencia de unos, y la indiferencia calculada de otros, el poder
teocrático fue engrandeciendo sus dominios y llegó a ser un día el soberano del
mundo civilizado; pero como los hombres no han nacido para ser esclavos, la
fuerza de las cosas, el poder de las circunstancias, la corriente nunca paralizada
de los acontecimientos, han producido crisis nerviosas a las sociedades, y
sacudimientos convulsivos han trastornado a los pueblos; mas, en medio de las
luchas fratricidas no han faltado apóstoles del progreso que hayan dicho a las
humanidades:
¡Despertad! ¡Despertad! ¡Daos cuenta de que vivís!
¡Aprended a pensar por vosotros mismos!
¡Educad vuestra inteligencia con vuestro propio raciocinio!
¡No saciar vuestra sed religiosa, con el agua estancada de la fe ciega!
¡Buscad otro manantial más purificado!
¡Acudid a la fuente del Monte de las Calaveras!
¡Aprended a tener sed de infinito! Que el moderno Redentor del
progreso, vino a la Tierra para calmar la sed de justicia, que fatigaba y
atribulaba a la humanidad!
Esto dijeron últimamente los apóstoles del Crucificado. Mas ¡Ay! Su
predicación no fue escuchada; los abusos siguieron, y como dice muy bien
Amigó en el libro “Nicodemo” en sus consideraciones sobre el Cristianismo:
“Vinieron las guerras religiosas, y los espíritus rectos se preguntaban:
¿Será posible que la religión arme el brazo del hombre contra el hombre, del
hermano contra el hermano, de un pueblo contra otro pueblo? ¿Puede el
sentimiento de caridad compadecerse con el derramamiento de sangre? ¿Es ni
siquiera concebible que Dios se agrade de que su nombre sea invocado en lo
más recio de la pelea, cuando la rabia hierve en las entrañas de los inhumanos
combatientes? ¿Será la guerra otra cosa que el fratricidio organizado? ¿No
mandó Jesús a Pedro que envainase la homicida espada? ¿Habrá religión donde
no hay paz?... Y las guerras religiosas agrandaban el vacío en torno de la
ortodoxia”.

La Luz Del Espíritu
154
Es muy cierto, que el progreso se enseñorea del mundo, y se declara
pontífice del Universo, sí; sumo pontífice universal, sin preferir ésta o aquella
iglesia, que el progreso no tiene más iglesia que el infinito; pero como ese genio
de los siglos, ese redentor de todos los tiempos, ese encantador de las edades
llamado “Progreso”, es tan viejo, es como todos los abuelos complacientes con
sus nietos, y deja a los hombres que siga cada cual el culto apropiado a su
adelanto y a su razón; y lo que únicamente exige al hombre es amor y
caridad, porque con estos dos grandes elementos se puede realizar algún día la
unión de los pueblos, y la gran familia humana podrá elevar en la Basílica de la
Creación el aleluya y el hosanna universal.

Esto hace el Espiritismo, su misión es ensanchar los horizontes de la
vida. Testamentario del progreso es el encargado de entregar a la humanidad el
gran legado del trabajo, y ya de muy antiguo dijo un sabio “que el trabajo es el
centinela de la virtud”.

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